domingo, 20 de enero de 2008

¿Y que hacemos con la Frontera?

El Nuevo Herald
Julio Sanchez Cristo
Mientras que los presidentes se siguen diciendo cosas, la preocupación está en esa invisible pero existente línea entre Colombia y Venezuela.
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Pasan cosas cuando por décadas se ha vivido con una frontera virtual, de valles, llanos y ríos que se comparten, porque al fin y al cabo son los mismos.
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Es imposible adueñarse del Arauca vibrador, pertenece a generaciones de herederos de Simón Bolívar que soñó con una patria única.
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Por las circunstancias ampliamente conocidas la sensibilidad de estos dos países hermanos hoy atraviesa la mayor fatiga de metal.
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Cualquier gota sobre la piel es como fuego, y sin entrar al análisis de las intromisiones, del derecho a pelear la paz en la región, de considerar que lo que pasa a un lado afecta al otro, el tema tiene que ver con miles de familias entremezcladas que hoy están en la mitad de un sándwich sin saber quién es el queso o quién es el jamón.
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Pasan cosas cuando por años, entre Cúcuta y San Antonio, por hablar de urbes, el tráfico era rutinario.
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La gasolina barata estaba allí, los artículos importados deslumbrantes estaban allá. La mano de obra en demanda estaba aquí, la plata para pagarla bien estaba al otro lado.
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Mientras que en una esquina de la alcabala eran millones el otro horizonte dejaba ver menos.
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Miles de colombianos vieron el sueño de la vida en Venezuela, inundaron sus ciudades, fueron acogidos y crecieron así con sus familias.
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En los tiempos del bolívar a 4.25 por dólar, de las arepas a locha, o a 1.25, el país de Chávez era el país del mundo, de portugueses, italianos, españoles y muchísimos colombianos, deslumbrados por sus carreteras, ciudades poco pobladas, gran influencia de multinacionales, televisión privada, gaseosas en lata, máquinas de cigarrillos y tremendo espacio para trabajar y ganar.
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Con el tiempo todo fue cambiando y los venezolanos comenzaron a mirar hacia Colombia, y aun cuando el petróleo seguía brotando en el lago, la moneda cambió de valor, el optimismo cambió de bando, y las oportunidades ya no estaban donde siempre.
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Esa cascada de producción de Colombia comenzó a representar otro escenario. Pasan cosas cuando la frontera es grande, variante y que palpita en buena parte no sólo por el corazón, sino por el comercio.
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Es tanta gente confundida entre sí misma que difícilmente se identifica. Hoy se habla de negocios por 4 mil millones de dólares, pero también se comienzan a observar restricciones y cupos que encienden alarmas.
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Las grandes fábricas de carros desde Colombia ya no podrán vender libremente, tienen un límite hacia Venezuela. Pero igualmente se escuchan voces hablando de racionamiento de alimentos básicos, es decir, el comercio bilateral se resiente y es cuando la desesperación confunde el norte.
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Nada más terrible que por cuenta de momentos difíciles entre dos gobiernos dos países hermanos vean afectada su convivencia, social, comercial, pero sobre todo de familia de tantos años.
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Pertinente es no dejar llevar el pulso al corazón del pueblo, que nada tiene que ver con el vaivén de declaraciones subidas de tono, y menos por ninguna circunstancia llegarnos a preguntar... ¿y qué hacemos con la frontera?

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